En el contexto actual del debate político en Latinoamérica, resulta pertinente reconsiderar el fenómeno del iliberalismo, no como un movimiento emergente por sí mismo, sino más bien como un síntoma del descrédito que ha sufrido el liberalismo tradicional. Alfredo Jocelyn-Holt plantea en su reciente columna que los mismos liberales que tradicionalmente han defendido los valores de libertad y democracia son hoy quienes encarnan actitudes y acciones contradicciones a estos principios. En este sentido, se cuestiona la autenticidad del liberalismo contemporáneo, que parece haberse adaptado a un pragmatismo que desdibuja sus fundamentos filosóficos y morales, permitiendo así que sus detractores lo acribillen con críticas desde una perspectiva altamente crítica y desencantada.
Recordemos cómo, en el marco de las recientes elecciones en Chile, se instó al gobierno de Gabriel Boric a buscar alianzas no con comunistas, sino con socialistas democráticos, evocando los «gloriosos 30 años» de estabilidad y crecimiento económico. Este diálogo se ha convertido en un arma de doble filo, ya que aunque apela a la cordura política, también muestra la desesperación por retomar un camino que muchos consideran necesario, aunque cuestionado. Lo que parecía ser una estrategia legítima ha derivado en un lobby político que provoca reacciones encontradas, revelando así la compleja trama detrás de las coaliciones en el espectro político chileno.
El liberalismo, que se erigía como la única ideología viable tras la caída de otros modelos post-1989, parece estar ahora en una situación de crisis profunda y prolongada. Esta ideología ha fracasado en renovar sus discursos y su capacidad de respuesta ante las nuevas demandas sociales, convirtiéndose en un blanco fácil para las críticas de movimientos antisistémicos que han encontrado en su debilidad una oportunidad de atacar lo que consideran un sistema en ruinas, incapaz de justificar su mantención en el poder frente a los desenfrenos de la desigualdad y la corrupción.
La decadencia del liberalismo se ha gestado durante décadas, despojándose de sus valores esenciales como la moderación y el antiautoritarismo. En este proceso, las instituciones que una vez sostuvieron el orden liberal, como la Constitución, los partidos políticos y la educación superior, han sido cuestionadas y, en muchos casos, desacreditadas. En palabras de Jocelyn-Holt, estos aspectos son evidencias de cómo el ideal liberal se ha desnaturalizado, dejando espacio a un espectro de nuevas ideologías que buscan llenar el vacío generado por su descomposición.
Con la llegada de nuevas corrientes como el tecnocratismo liberal y el auge de modelos de mercado alternativos, especialmente el chino, la ideología liberal ha quedado atrapada en un dilema entre modernizarse y seguir siendo un rezago de tiempos pasados. Se hace evidente que mientras líderes globales como Xi Jinping y Donald Trump dialogan sobre la relevancia de sus respectivos sistemas políticos, el liberalismo se ve obligado a reflexionar sobre su papel en un mundo que avanza hacia formas de gobernanza y economía que a menudo desafían sus propios principios fundacionales.







