Evo Morales, expresidente de Bolivia, ha exigido un proceso judicial «imparcial» y «legal» en respuesta a la reciente decisión de la justicia boliviana de declararlo en rebeldía tras no presentarse ante el Tribunal Departamental de Tarija. Este tribunal está llevando a cabo un juicio en su contra por el presunto delito de trata de personas, relacionado con una controversia sobre una relación que mantuvo con una adolescente durante su mandato presidencial. Morales, quien no ha asistido a ninguna citación oficial, se encuentra en la región de Chapare, bajo la protección de sus seguidores, y asegura que las acusaciones en su contra son infundadas y elaboradas políticamente.
En un mensaje trascendental en sus redes sociales, Morales enfatizó que «ningún ciudadano debería ser condenado jurídica y mediáticamente sin el respeto al debido proceso y la presunción de inocencia». Estas declaraciones reflejan su creciente preocupación por lo que él considera una campaña para desacreditarlo. Aseguró que su único propósito no es evadir la justicia, sino garantizar que se lleve a cabo un juicio justo que respete todos los procedimientos legales y constitucionales establecidos en Bolivia.
Además, el exmandatario argumentó que las acusaciones en su contra están «fundadas en razones políticas» y que se basan en «pruebas inventadas», las cuales calificó como un intento deliberado de «aniquilar jurídica, moral y físicamente» su reputación. La naturaleza de estos alegatos subraya un entorno político tenso en Bolivia, donde la polarización ha incrementado, afectando tanto a los exfuncionarios del gobierno como a los actuales en el escenario político boliviano.
Morales hizo un llamado a la justicia para que se respeten los derechos de los imputados y se detengan los juicios que no cumplen con la legalidad. Citó jurisprudencia relevante para tratar de respaldar su postura y advirtió que cualquier avance en su juicio sin la resolución de incidentes previos podría resultar en la nulidad del proceso. Esto no solo subraya la complejidad de su situación legal, sino también las implicaciones que podría tener para el sistema judicial en su conjunto en caso de que se apliquen malas prácticas.
El caso Morales se centra en una relación que dataría desde 2015, cuando supuestamente mantuvo un vínculo con una joven de entonces 16 años, con quien, según las acusaciones, tuvo una hija. Esta situación no solo ha revivido debates sobre la ética de las relaciones de poder en el contexto político, sino que también ha expuesto la fragilidad del estado de derecho en un país donde las presiones políticas y las tensiones sociales continúan siendo evidentes. Su rechazo a comparecer en juicio alimenta aún más la controversia, y el futuro de su proceso legal permanece incierto.







