En un descubrimiento fascinante dentro del campo de la psicología, el psicólogo alemán Wolfgang Köhler, clave en la Escuela de la Gestalt, reveló en 1947 que los humanos adultos tienden a asociar formas redondeadas con la palabra ‘maluma’ y formas angulosas con ‘takete’. Este hallazgo ha sido fundamental para entender la relación entre el sonido y el significado, desafiando la noción convencional de que esta relación es siempre arbitraria. El fenómeno fue más tarde nombrado el efecto bouba-kiki en el año 2001 y ha sido objeto de numerosos estudios desde entonces, los cuales han confirmado que más del 90% de las personas, independientemente de su lengua o cultura, correlacionan ‘kiki’ con formas angulosas y ‘bouba’ con formas redondeadas.
La razón detrás de esta sorprendente tendencia de asociación entre sonido y forma ha sido objeto de discusión entre los expertos. Se ha sugerido que la articulación de las vocales influye en nuestras percepciones, ya que las letras ‘o’ y ‘u’ implican una redondez labial al ser pronunciadas, mientras que las letras ‘e’ e ‘i’ generan una forma más angulosa. Esta interpretación no solo resalta la conexión íntima que existe entre el sonido y la percepción, sino que también abre la puerta a una posible comprensión de cómo los humanos desarrollaron su capacidad lingüística a partir de estas asociaciones instintivas.
Las implicaciones del efecto bouba-kiki son aún más profundas cuando se observa que otros homínidos, como bonobos y chimpancés, no exhiben las mismas asociaciones. Esto sugiere que esta característica particular podría estar arraigada en la evolución del lenguaje humano, destacando una distinción crucial entre nuestra especie y los demás primates. Algunos investigadores postulan que estas asociaciones instintivas entre sonidos y formas pueden haber sido un precursor del desarrollo de un lenguaje más complejo, permitiendo a nuestros antepasados establecer conexiones entre lo que sonaba y lo que significaba.
Investigaciones recientes han llevado este fenómeno a un público aún más amplio al demostrar que los pollitos también pueden discernir entre estas asociaciones de forma y sonido. En un experimento destacado, se encontró que pollitos de tres días de edad preferían acercarse a formas redondeadas cuando escuchaban ‘bouba’ y a formas angulosas al escuchar ‘kiki’. Este resultado no solo fue significativo, sino que abre la puerta a un nuevo entendimiento de la cognición animal y las raíces de la comunicación, sugiriendo que estas asociaciones pueden estar más profundamente integradas en la biología que lo que se pensaba anteriormente.
El impacto del efecto bouba-kiki, respaldado por estudios en otras especies, plantea interrogantes fascinantes sobre las capacidades sensoriales y cognitiva de los seres vivos más allá del ser humano. Estos hallazgos sugieren que las asociaciones de sonido y forma pueden ser parte de un sistema sensorial compartido, lo que invita a los científicos a investigar más a fondo la naturaleza innata de la comunicación y su evolución. A medida que avanzamos en la comprensión de estas dinámicas, es seguro que surgirá una gama de nuevas preguntas e investigaciones que continuarán desafiando nuestras percepciones sobre el lenguaje y la cognición en el reino animal.







