Cuando pensamos en Ciudad de México, visualizamos una metrópoli vibrante con avenidas amplias, modernos rascacielos y monumentos que narran su rica historia. Sin embargo, por debajo de la superficie de esta gran urbe, se esconde un fenómeno geológico que está detrás de uno de los desafíos más significativos que enfrenta la capital: su progresivo hundimiento. Mientras millones de personas caminan a diario por sus calles, esta realidad subterránea pone en riesgo la infraestructura y la seguridad de sus habitantes.
Para entender la magnitud del hundimiento de la Ciudad de México, es crucial retroceder en el tiempo hasta hace aproximadamente 60 millones de años, cuando un intenso vulcanismo comenzó a modelar el área. Con el paso de millones de años, las erupciones volcánicas dieron lugar a grandes edificaciones y montañas alrededor de lo que hoy conocemos como la Cuenca de México, un área geológica que ha sido fundamental para el desarrollo urbano de la región. Esta cuenca funciona como un gran recipiente donde se han acumulado sedimentos a lo largo de los milenios.
Hace 2 millones de años, la Cuenca de México se convirtió en un lago cerrado, donde se desarrollaron cinco grandes cuerpos de agua: Texcoco, Xochimilco, Chalco, Zumpango y Xaltocan. Estos lagos, caracterizados por su poca profundidad y grandes extensiones, fueron el hogar de varios sedimentos, como arcillas y restos orgánicos, que con el tiempo se integrarían al suelo. A pesar de que estos materiales aún no se han compactado completamente para convertirse en roca, su carácter poroso y su capacidad para retener agua han lamentablemente contribuido al problema del hundimiento de la ciudad.
En la época prehispánica, la fundación de Tenochtitlan llevó a la construcción de diques para controlar el agua del lago Texcoco, crucial para el desarrollo agrícola. Sin embargo, la historia de la ciudad ha estado marcada por grandes inundaciones. Para mitigar estos desastres, en el siglo XVII, durante el virreinato, se implementaron importantes obras de canalización que finalmente llevaron a la desecación de los lagos. Este proceso permitió la expansión urbanística de la metrópoli, pero también creó severos problemas de abastecimiento de agua.
A mediados del siglo XX, ante la escasez de agua potable, las autoridades decidieron extraer el agua subterránea de los antiguos depósitos lacustres, una acción que ha acelerado el hundimiento del terreno. Este hundimiento no es homogéneo y repercute directamente en las construcciones de la ciudad, que se encuentran en continua vulnerabilidad. Así, la Ciudad de México se convierte en un ejemplo claro de la importancia de entender la geología local. Sopesar nuestras acciones sobre esta inquietante realidad geológica es vital para asegurar un futuro sustentable y seguro para sus habitantes.






